¡Colombia es un paraíso!, esta frase sencilla es fácil escucharla en la voz de cualquier habitante de un pueblo o de una ciudad, esta frase parece haber tomado un cierto carácter de esperanza y un tinte de realidad gracias a la geografía colombiana.
Pero de igual forma esta frase parece vendarle los ojos a quienes la repiten, pues basta mirar las calles de la ciudad capital con sus miles de vendedores ambulantes y desplazados por la violencia que de alguna forma buscan asegurar su sobrevivencia. Basta mirar las condiciones de vivienda, alimentación y educación de los habitantes de las periferias en las grandes ciudades, para preguntarse si en el paraíso existen los estratos y si allí se le permitiría a un niño trabajar para ganar su alimento, por que la educación es un lujo que no cabe mencionar.
Es sorprendente ver como los gobernantes evaden las responsabilidades que el pueblo les ha delegado a través de un proceso democrático, anular la democracia, pasar por encima del pueblo que reclama los mínimos derechos legítimos que competen a su bienestar es atentar contra la salud física, moral y mental del individuo.
Colombia esta enferma, y ante la falta de reconocimiento de su enfermedad se le permanece anestesiada, cada noche el colombiano corriente recibe una dosis de reality o de novela que a partir de luces sonidos y colores incesantes le llevan a ese proceso letárgico de aparente calma. Tal como lo escribiera Carlos Monsivais “desde sus shows, concursos o melodramas, la televisión actúa para reducir al público, conformarlo en una actitud, docilizarlo.”
El proceso de masificación se apoya en el manejo de la mente grupal a través de una falsa idea de bienestar, beneficiando realmente a unos pocos que son maléficamente concientes de la dominación ejercida. En este punto se puede ver con claridad desde la psicología social como se maneja “la dinámica de grupo como una especie de ideología política preocupada por las formas en que debieran organizarse y manejarse los grupos”. (Dinámica de grupos Investigación y teoría, Cartwright y Zander, edit, trillas, México, 1985), el papel de psicólogo social tal como lo dijera George Simpson “engendra simpatía, comprensión, tolerancia, remedia el prejuicio y la deformación; hace posible la participación madura y racional en la vida del grupo al que se pertenece”, por su parte Néstor Braunstein nos dice que el Psicólogo social “esta en todos los aparatos del estado: ideológicos, represivos y técnicos con la función asignada de integrar al sujeto a la institución, haciendo que se sienta perteneciente a ella y obligado a cumplir con sus leyes, que acepte las prescripciones del “principio de realidad” que para él “se” han fijado.”
Así mismo el psicólogo es encargado de determinar según la conducta si el individuo es recuperable o si debe ser vomitado según las dos culturas que distingue Levi-Strauss, antropofágicas y antropoémicas. Queda entonces abierta la pregunta sobre el papel que esta jugando psicólogo social.
Se hacen estas referencias para resaltar el interés dominador de los “dueños” del país, en Colombia importa poco el individuo, el ingenuo creyente que depositó toda su fe y esperanzas en el estado, los mismos apellidos siguen sonando en los medios de comunicación, la riqueza económica esta concentrada en sitios específicos de las ciudades y los campos; el pobre cada vez más pobre, el rico cada vez más rico y la clase media agarrada de las uñas en el borde de un edificio en llamas desde donde pretende alcanzar un mejor estatus.
El colombiano no puede hacer caso omiso de los altos niveles de tensión que maneja en el día a día, ya no hay droga que pueda evitar el dolor, la anestesia cumple su efecto pero el problema no se soluciona con el triunfo de un deportista, ni con la belleza cada vez más falsa de nuestras reinas, se ha confundido de una forma impresionante el concepto de la resistencia con el concepto de aguante, el pueblo aguanta, aguanta hambre, dolor, miseria, mentiras, angustias, aguanta y espera con una paciencia casi enfermiza, aguanta y aun peor es que no quiere reconocer que lo hace por que piensa que resiste. Este aguante no es más posiblemente que un mecanismo de defensa, a nivel psicológico hablamos de negación (rehusarnos a creer una realidad). Aun cuando los mecanismos de defensa en su origen sean adaptativos, si uno de ellos en este caso la negación llega a extremos no permitiendo intervenir a otros medios quizá más efectivos para afrontar la realidad, puede convertirse en un mecanismo desadaptativo que impide una mayor maduración social.
La resistencia implica todo lo contrario del aguante, la resistencia implica precisamente no aguantarse las imposiciones y los desmanes del estado, la resistencia implica tomar posición y exigir con toda la fuerza de la voz que sean respetados los derechos humanos de los habitantes de un pueblo que no tiene por que patrocinar la desidia de sus gobernantes.
Y es que la gran diferencia esta en que la resistencia se opone a la fuerza, no sólo la aguanta, quienes han hecho la resistencia en Colombia hoy están muertos, ellos nos enseñaron con el ejemplo, con el ejemplo más valioso, nos enseñaron con sus vidas que la resistencia implica acción, movimiento, inquietud permanente y sobre todo confianza en el hombre, pues alguien que no confía en sus semejantes no es capaz de dar la vida por ellos.
La pretensión original de este escrito no es la de juzgar, pues la justicia en Colombia esta llena de jueces y en las cárceles parece no caber un individuo más, y muy a pesar del pueblo parece que los verdaderos bandidos permanecen libres pues se siguen robando hasta la educación. Es triste saber que apenas un 7% de la población escolarizada alcanza a iniciar estudios universitarios y que el modelo educativo imperante en Colombia sea un modelo conductual, sobre el cual no profundizaremos en este escrito, y baste con decir que como muy bien lo saben los psicólogos no se puede hablar de modelo conductual sin hablar de control.
Lo sencillo y quizá por ello lo más frecuente es buscar culpables, para descargar en los demás ese peso que ya no se soporta, y tal como lo cantara Alberto Cortés, se nos olvida que somos los demás de los demás. La propuesta es hablar más de responsabilidades que de culpas. Por que si se trata de responsabilidades mas que de culpas, a que colombiano no le corresponde una porción, que bueno que aun se puede hablar y escribir, que bueno que aun a pesar de el dominio de la televisión y el Internet queda la posibilidad de escribir una reflexión sobre un país que tarde comienza a dolernos, un país que comienza a dolernos cuando ya los muertos no se pueden contar, un país en el que hacer oposición puede representar el pasaporte a la tumba, un país que conoce al miedo por que se acostumbro a amanecer con él en los campos y a evitarlo en las noches en la ciudad. ¿Quién nos vendo los ojos por tanto tiempo?.
Tal como a nuestros antepasados indígenas les pusieron la Biblia en las manos mientras los despojaban de sus tierras y su cultura, a las actuales generaciones nos han puesto el televisor en la nariz mientras nos han despojado de los valores de la comunidad, al mismo tiempo que nos arrojan al abismo de la individualidad, se nos han llevado el país, nos dejan en el aire con la mirada en una pantalla llena de luces y colores, talvez lloremos cuando allí mismo nos proyecten nuestra historia de indiferencia y no podamos mas que decir que por una serie de adversidades particulares no tuvimos tiempo de sentir el dolor de la comunidad, el dolor de un semejante.
Ante la desesperanza que surge de forma natural y se manifiesta en el silencio y la quietud, aparece la empatía como esa capacidad humana de responder al estado emocional de los otros con sentimientos semejantes a sus emociones. Si bien originalmente conocemos la empatía como una tendencia constructiva, tal parece que esta forma de comprensión del otro en profundidad se viene usando con fines no altruistas. La cultura construye y avanza pero igual destruye y amenaza. Sin la empatía estamos caminando hacia un centro oscuro y frío, convirtiéndonos en un fragmento de masa informe y fría.
El colombiano posiblemente no olvide las carreras que ha ganado Montoya, el 5 a 0 contra Argentina, los nombres de los ganadores de protagonistas de novela, y la imagen de la mujer colombiana que nos venden en los realitys y en los reinados, pero por eso mismo el colombiano no recuerda que la nuestra es lastimosamente una historia de guerras inconclusas y que mientras la novela de la noche se pone más “interesante” la realidad del país es dirigida por caminos que se nos muestran como oscuros e irreconocibles.
En consecuencia se nos presenta el olvido como una constante en nuestra cultura, se nos presenta el olvido como conformidad y miedo. Pero aquí no se trata de olvidos sino de cambios, el olvido es una puerta grande y fácil aunque se muestre angosta y dolorosa, por el contrario el cambio no ofrece más certeza que el inevitable crecimiento de la persona y por consiguiente de la comunidad, el olvido engaña con su promesa de paz después de segundos quizás largos de dolor. El cambio obliga a la confrontación y a la evaluación del pensamiento. Los pequeños olvidos son raíces que echamos en un rincón placentero para ponerle un nombre que nos represente estabilidad. Por el contrario los cambios que asumimos son el desprendimiento de las anclas que soltamos en una pequeña playa con algunos rayos de sol.
Es necesario sembrar la inconformidad y cultivarla, cuestionar los paradigmas existentes es el primer paso que se debe dar para proceder a la orientación de la realidad social de Colombia, si permanecemos más tiempo frente a los televisores seguiremos ahondando en la incomunicación y repitiendo mecánicamente que finalmente estamos en el paraíso. Podríamos sorprendernos en algún momento del increíble poder de la negación, la forma en que evitamos a toda costa (utilizando desde la distracción más sencilla hasta la más compleja), el encuentro con nuestra inconformidad y nuestra imposibilidad, existe indudablemente un profundo miedo al reconocimiento de nuestras raíces individuales y culturales. Y la forma de salvarnos ha sido enamorándonos de la cultura actual, según el psicoanalista Elvin Semrad enamorarse es la única forma de psicosis aceptable en nuestra cultura” y “paradójicamente” la cultura que nos permite esta forma de psicosis nos dice así sencillamente que por ende debemos primero enamorarnos de ella misma, y aquí nos quedamos contemplando nuestra idealización, nuestra alucinación.
Parece que unas manos invisibles estuvieran guiadas por alguien o por algunos que comprenden nuestros sentimientos y pensamientos. Por tanto resulta sencillo así que nos ofrezcan siempre formas novedosas de canalizar nuestra soledad y el miedo que nos han creado.
De este modo y sin pretender atentar contra ninguna creencia religiosa o espiritual hoy se puede decir que el paraíso sigue siendo un maravilloso invento de la literatura.
Bibliografía
Carlos Monsivais, Cultura Urbana y Creación Intelectual.
Cartwright D y Zander A, Dinámica de Grupos investigación y teoría.
Ernesto Sabato, La Resistencia.
Montero Maritza, Construcción y crítica de la Psicología Social.
William Ospina, La Franja Amarilla
William Ospina, Lo que esta en juego en Colombia
Sigmund Freud, El malestar en la cultura
Bárbara Engler, Introducción a las teorías de la personalidad
Néstor Braunstein. La psicología social.
Arthur Ciaramicoli, Catherine Ketcham. El poder de la empatía.